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Mi primera vez

Publicado por Marc Fontrodona · 11/03/2015 ·

Cuando era pequeño me pasaba como a la mayoría de niños, mis padres no me hablaban del tema. Creo que era porque a ellos tampoco les apasionaba mucho. Quién sabe, no se lo he preguntado nunca.

En fin, el caso es que con el paso de los años es inevitable que te lleguen las primeras y excitantes referencias sobre el tema. Unas veces lo ves en revistas, otras te lo cuentan tus amigos. Hay que recordar que por aquel entonces no había móviles ni Internet y era mucho más difícil hacerte con buen material.

Fue precisamente en plena adolescencia cuando llegó Internet. A partir de ahí, ya no solo veías imágenes estáticas en revistas o tenías que comprar un VHS con el poco dinero que te daban de paga y que tenías que repartir entre eso, ir al cine o comprar ‘unos chuches’ (tal y como lo diría nuestro queridísimo sr. Rajoy). Ahora tenías al alcance de un solo click muchos –cada vez más- vídeos sobre el tema. Espectaculares, por cierto, de esos que cuando terminaban decías “joder, ¡qué buen polvo! Quién pudiera…”

Por cosas de la vida, llamadle falta de dinero, que eres demasiado joven o que estás estudiando todo el día y cuando no, saliendo de fiesta, acabas pasando la adolescencia, te haces mayor de edad y no hay manera que se presente la oportunidad para probarlo en persona.

Con todo lo que sabes y lo que has visto, intuyes que será una de tus pasiones y, fruto de tu esfuerzo e interés por el tema, tus notas te permiten ponerte a cursar una carrera que te dará las herramientas para poder dedicarte a ello aunque sea de otra manera: escribiendo, grabando o haciendo fotos, por ejemplo.

Sigues viendo vídeos, sigues viendo fotos, sin darte cuenta te haces un experto y te acabas dedicando a ello tal y como habías previsto. Y aquí ya no puedes más. Sigues siendo virgen y en cambio ves como el experto sobre el tema va excitado todo el día, los vídeos son cada vez más espectaculares, las herramientas más finas y tanto los chicos como las chicas cada vez saben más. Y tú, virgen…

Un día, hablándolo con una amiga que sabía mucho y que ahora dice que se le han hecho telarañas pero que eso no se olvida… te comenta que tiene muchas ganas de volver a hacerlo, se ofrece a enseñarte y te asegura que tendrá la paciencia necesaria para que aprendas. ¡Es la oportunidad que estaba esperando!

Como es la primera vez, quieres que sea especial y con tu pareja, por supuesto. Así pues, lo planificas todo: un hotel en la montaña, desayuno con buffet para coger fuerzas, bañera para cuando termines, un fin de semana entero reservado solo para eso, la mejor compañía posible (esa amiga, su pareja –que también es tu amigo y que es tan virgen como tú- y la tuya), ropa calentita…

El viernes sales del trabajo contento como cada vez que llega el fin de semana, pero esta vez más nervioso e ilusionado, ¡llevas semanas esperando ese momento! Por desgracia, te reúnes con tus amigos en el hotel más tarde de lo previsto, es viernes y estás muy cansado, así que decidís cenar e ir a dormir pronto. Algo así hay que hacerlo bien y en condiciones. Mañana será el gran día.

El sábado por la mañana te levantas a las 7, te duchas (esto hay que hacerlo limpio y más si es la primera vez), te pones esa ropa especial que llevabas preparada (sin olvidar las protecciones, no vaya a ser que tengamos un susto y no volvamos los mismos que nos habíamos ido), desayunas fuerte y… ¡al turrón!

Al principio todo es muy difícil. No hay manera de que eso se levante. Cualquiera que te esté viendo se puede reír de ti, ¡hasta los niños lo hacen mejor! Tienes la suerte de tener una amiga con paciencia que no duda en repetirte varias veces lo que tienes que hacer tanto a ti como a su novio: “déjate llevar”, “tranquilo, es normal”, “ya saldrá”, “al principio siempre cuesta”, “cógeme de aquí, sin miedo… así es como poco a poco vas mejorando y le vas pillando el gustillo.

A medida que avanzas vas probando cosas nuevas, te vas excitando y enganchando al tema. Sí, ahora ya se parece más a lo que habías visto tantas veces y te lo habías imaginado idílicamente. Sigues lejos –muy lejos- de los mejores, pero tampoco quieres llegar a ese nivel, simplemente quieres no parar; te vas a pasar el finde para arriba y para abajo. A veces duele, especialmente en el culo, las rodillas y las muñecas (los que entendáis del tema ya sabréis por qué), pero a pesar de todo… es gratificante, es un dolor que no puede con el placer que sientes. 

El domingo por la tarde ya estás rodado y has subido un nivel. Tras horas de práctica, puedes afirmar que es cojonudo. Eso sí, ya no puedes más. Tienes los gemelos a punto de estallar, marcas por todo el cuerpo y no tienes fuerzas ni para andar. A la mínima te quedarás frito en la cama.

El lunes vuelves al trabajo arrastrado por una grúa porque las agujetas no te dejan ni levantarte de la cama. A pesar de que estiraste, el esfuerzo fue máximo y los accidentes pasan factura. De nuevo, pero, orgulloso de cómo fue, de la compañía, cargado ya de nostalgia y pensando en cuándo será la próxima vez que podrás volver a hacerlo.

Con el fin de que no se te olvide nunca la experiencia y empujar a otros a probarlo para que puedan disfrutar tanto como tú, decides escribir sobre ello. Y lo titularás… “Así fue la primera vez que hice snowboard, fue en La Molina y nunca lo olvidaré”. 

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